Epidemiología del TOC
La epidemiología del trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) se encarga de estudiar su distribución y determinantes en poblaciones humanas. Diversos estudios epidemiológicos han permitido estimar la prevalencia, incidencia y factores de riesgo asociados a este trastorno mental, evidenciando que el TOC es más común e impactante de lo que se pensaba tradicionalmente (Ruscio et al., 2010)(Stein et al., 2025).
Prevalencia e incidencia global
Prevalencia
Las encuestas poblacionales sugieren que alrededor del 2%–3% de las personas experimentarán TOC en algún momento de su vida (Brock et al., 2024). Por ejemplo, el amplio estudio National Comorbidity Survey Replication en EE. UU. encontró una prevalencia de por vida del 2,3% y una prevalencia en 12 meses de 1,2% según criterios DSM-IV(Stein et al., 2025). De forma consistente, en las encuestas mundiales de salud mental realizadas en 10 países de distintos continentes, se observó una prevalencia combinada de por vida de 4,1% y una prevalencia a 12 meses de 3,0%, lo que indica la alta persistencia del TOC una vez que aparece (Stein et al., 2025). Estas cifras sitúan al TOC como uno de los trastornos psiquiátricos más frecuentes, comparable en frecuencia a otros trastornos de ansiedad y del estado de ánimo.
Cabe destacar que muchas más personas presentan síntomas obsesivo‑compulsivos subclínicos sin cumplir todos los criterios del trastorno: un estudio estadounidense halló que más del 25% de los encuestados reportó haber tenido obsesiones o compulsiones en su vida, aunque solo una fracción pequeña cumplió criterios para TOC (Ruscio et al., 2010). La alta prevalencia de síntomas subumbrales sugiere que la carga en salud pública del fenómeno obsesivo‑compulsivo podría ser mayor de lo que implican las cifras de TOC clínico pleno (Ruscio et al., 2010).
Incidencia
Los estudios de incidencia (aparición de casos nuevos) son menos abundantes que los de prevalencia, pero apuntan a que el TOC suele comenzar en edades tempranas y mantener una tasa de nuevos casos relativamente baja en la adultez. Una revisión epidemiológica reportó incidencias anuales en adultos que oscilan entre 0,05% y 0,7%(Skapinakis et al., 2016). En EE. UU., un seguimiento longitudinal de adultos estimó una incidencia de aproximadamente 0,55 por 1000 personas‑año (equivalente a ~0,05% anual) (Nestadt et al., 1998). En Países Bajos, el estudio nacional NEMESIS encontró una incidencia anual cercana al 0,2%(Skapinakis et al., 2016). En poblaciones más jóvenes, la incidencia puede ser mayor: un estudio escolar en adolescentes de 13 a 15 años en EE. UU. registró hasta un 0,7% de nuevos casos de TOC por año (Skapinakis et al., 2016). Estas variaciones reflejan diferencias metodológicas y de criterios diagnósticos (DSM vs. CIE), pero en conjunto confirman que el TOC típicamente debuta en la adolescencia o adultez temprana y que cada año solo una pequeña proporción de la población desarrollará el trastorno de novo.
Distribución por sexo, edad y cultura
Distribución por sexo
Si bien el TOC puede presentarse en hombres y mujeres, se han observado pequeñas diferencias según el sexo en su riesgo y manifestaciones. En promedio, las mujeres presentan una prevalencia ligeramente mayor. Una revisión meta-analítica a nivel mundial estimó que las mujeres tienen 1,6 veces más probabilidad de padecer TOC a lo largo de su vida que los hombres (Fawcett et al., 2020). Dicho meta-análisis reportó prevalencias de por vida del 1,5% en mujeres frente al 1,0% en hombres (Fawcett et al., 2020).
Este mayor riesgo femenino podría relacionarse con factores biológicos (p. ej., influencias hormonales como el posparto) y psicológicos, aunque las razones exactas siguen investigándose. Por otro lado, algunos estudios sugieren que los hombres tienden a tener un inicio más temprano (infancia o adolescencia temprana) y es más frecuente que presenten tics comórbidos en esos casos iniciales, mientras que las mujeres suelen debutar en adolescencia tardía o adultez joven. En cuanto al cuadro sintomático, las diferencias tampoco son marcadas, pero se ha descrito que los hombres pueden mostrar con más frecuencia obsesiones de contenido sexual o religioso, además de necesidades de simetría y orden, mientras que las mujeres presentan ligeramente más obsesiones de contaminación y compulsiones de limpieza (Skapinakis et al., 2016). A pesar de estas tendencias, es importante resaltar que el perfil básico de síntomas obsesivo-compulsivos (contaminación, duda, simetría, etc.) aparece en ambos sexos de forma más similar que diferente, y las diferencias están más en la frecuencia relativa de ciertos temas que en síntomas exclusivos de un sexo.
Distribución por edad
El TOC típicamente comienza antes de los 20 años en una porción sustancial de casos. Estudios internacionales señalan que más del 80% de los pacientes inician síntomas en la adolescencia o adultez temprana (Stein et al., 2025). La edad media de aparición se sitúa en la adolescencia tardía, con estimaciones cercanas a los 19–20 años y un porcentaje importante iniciando incluso antes: aproximadamente la mitad de los casos comienzan antes de los 18 años(Brock et al., 2024)(Stein et al., 2025).
En consecuencia, la prevalencia del TOC tiende a ser mayor en grupos etarios jóvenes y disminuye en grupos de mayor edad. Datos de encuestas en EE. UU. ilustran esta tendencia: la prevalencia de TOC en un año fue de 1,5% en adultos jóvenes de 18–29 años, 1,4% en el grupo de 30–44 años, 1,1% en 45–59 años, y descendió a 0,5% en adultos de 60 o más años (NIMH, s.f.). Esta disminución podría reflejar en parte que menos personas desarrollan TOC en edades avanzadas, sumado a que algunos casos remiten parcial o totalmente con el tiempo. No obstante, muchos pacientes mayores de 60 siguen presentando síntomas residuales, aunque la intensidad tiende a ser menor que en la juventud. Cabe resaltar que cuando el TOC debuta en la niñez o adolescencia suele tener un curso más crónico y estar asociado a mayores comorbilidades (por ejemplo, tics y trastornos del neurodesarrollo en casos de inicio infantil), mientras que los inicios en la adultez tardía son poco comunes y a menudo ligados a eventos estresantes específicos.
Distribución por cultura
La prevalencia global del TOC se mantiene relativamente estable en torno al 2–3% de la población, sin diferencias drásticas entre culturas o regiones geográficas (StatPearls, s.f.)(StatPearls, s.f.). Estudios multicéntricos han encontrado tasas similares en países occidentales, asiáticos, latinoamericanos y de Oriente Medio, lo que sugiere que el TOC, en su forma clínica, es un fenómeno universal. Por ejemplo, en China la prevalencia estimada es ~1,6% (Yang et al., 2021), en Alemania alrededor de 3,6% (Bey et al., 2025), y cifras en América Latina y otras regiones suelen situarse igualmente en el rango de 1–3%. Esto indica que ninguna cultura es inmune al TOC.
Sin embargo, los factores culturales sí influyen en la manifestación del TOC: el contenido específico de las obsesiones y la interpretación de los síntomas pueden variar según creencias y valores locales. Un análisis de la influencia cultural en el TOC concluyó que, aunque los grandes dominios sintomáticos (p. ej., limpieza/contaminación, verificación, obsesiones religiosas/sexuales, acumulación, etc.) aparecen en todas las culturas, ciertos contextos culturales enfatizan unas temáticas más que otras (Nicolini et al., 2017). Por ejemplo, en comunidades con alta religiosidad es más común que el TOC se exprese con obsesiones de tipo religioso o moral (p. ej., miedo a blasfemar, “escrupulosidad”), y esas obsesiones pueden ser más intensas debido a las creencias internalizadas (Nicolini et al., 2017)(Nicolini et al., 2017). De igual modo, las culturas que prestan mucha atención a la pureza ritual pueden reportar con mayor frecuencia obsesiones de contaminación y rituales de limpieza. Incluso las creencias mágicas o sobrenaturales pueden colorear los síntomas: un paciente de una cultura donde se cree en el “mal de ojo” podría obsesionarse con haber sido maldecido y realizar compulsiones de protección. Diversos estudios han encontrado correlaciones entre alta religiosidad o pensamiento mágico y mayor gravedad de síntomas obsesivo-compulsivos (Nicolini et al., 2017). No obstante, es importante destacar que el TOC no es causado por la cultura – su base neurobiológica y cognitiva es consistente a través del mundo – sino que la cultura modula su presentación. Finalmente, los factores culturales también impactan en la actitud hacia la enfermedad y la búsqueda de tratamiento (por ejemplo, en algunas sociedades el estigma es mayor, como veremos más adelante), pero la prevalencia intrínseca del trastorno no varía de forma sustancial entre países una vez que se aplican criterios diagnósticos equivalentes.
Alteraciones en la calidad de vida
Numerosos estudios indican que los pacientes con TOC experimentan déficits significativos en su calidad de vida (CV), incluso comparados con otras poblaciones clínicas. Un meta-análisis de estudios caso-control encontró que, en promedio, las personas con TOC puntúan mucho más bajo que personas sanas en diversos dominios de calidad de vida (Coluccia et al., 2016).
La magnitud de este detrimento fue moderada para la calidad de vida global, pero alta en áreas específicas como el funcionamiento laboral, las relaciones sociales y familiares, y el bienestar emocional (Coluccia et al., 2016).
Es decir, el TOC suele interferir gravemente con:
- La capacidad para trabajar o estudiar (por las horas consumidas en rituales o la dificultad para concentrarse).
- Las dinámicas familiares y de pareja (los síntomas pueden generar conflictos o aislar al paciente).
- El bienestar emocional, produciendo un profundo malestar psicológico que merma la satisfacción vital.
Incluso comparado con otras enfermedades crónicas, el impacto del TOC en la calidad de vida es notable: pacientes con TOC reportan niveles de calidad de vida similares a los de trastornos severos como la depresión mayor o la esquizofrenia en ciertos dominios (Coluccia et al., 2016).
Un estudio multicéntrico en China ilustró la magnitud de este impacto al evaluar a 639 pacientes con TOC mediante el cuestionario SF-12 de salud: el puntaje medio de calidad de vida global fue de apenas 52,8 (en una escala estandarizada 0–100, donde 100 es la mejor calidad de vida imaginable) (Yang et al., 2021). Dentro de esos resultados, el dominio más afectado fue el rol emocional, con un puntaje promedio de apenas 31,2 (DE ≈ 39) sobre 100 (Yang et al., 2021), reflejando que las limitaciones emocionales y la angustia causada por el TOC impiden a muchos pacientes desempeñar con normalidad sus roles en el trabajo, la escuela o las relaciones. Otros dominios como la salud mental general también estuvieron marcadamente disminuidos (puntuaciones alrededor de 50) (Yang et al., 2021). En contraste, áreas físicas como el dolor corporal o la salud general se vieron menos afectadas, lo cual es coherente con un trastorno eminentemente mental.
Adicionalmente, la severidad del TOC guarda relación inversa con la calidad de vida: casos más graves (según la escala Y-BOCS) suelen reportar mayores deterioros funcionales (Stein et al., 2025). Por ejemplo, en el estudio NCS-R de EE. UU., los pacientes con TOC severo informaron muchos más días “fuera de rol” (incapaces de llevar a cabo sus tareas habituales) que aquellos con TOC moderado (Stein et al., 2025).
También es frecuente que el TOC coexista con depresión u otros trastornos, lo que exacerba aún más la disminución en calidad de vida. En suma, vivir con TOC, especialmente en formas moderadas o severas, supone una carga emocional y social enorme: la enfermedad puede robar tiempo valioso cada día, generar vergüenza o culpa, deteriorar la autoestima, e impedir disfrutar de las actividades cotidianas, llevando en algunos casos al aislamiento social. Mejorar la calidad de vida, por tanto, se ha vuelto un objetivo esencial en el abordaje terapéutico del TOC, más allá de la mera reducción de síntomas obsesivo-compulsivos (Coluccia et al., 2016).
Componentes de costes sanitarios y sociales
Desde una perspectiva económica, el coste de la enfermedad (cost-of-illness) del TOC abarca múltiples componentes. Estos suelen dividirse en costes directos e indirectos:
- Los costes directos incluyen todos los gastos relacionados con la atención sanitaria del TOC: consultas psiquiátricas y psicológicas, tratamientos psicoterapéuticos (p. ej. terapia cognitivo-conductual con prevención de respuesta), medicamentos (principalmente ISRS y otros fármacos), hospitalizaciones o internaciones en casos extremos, emergencias, etc. También se consideran costes directos los asociados a transporte sanitario, programas de rehabilitación y cualquier recurso médico utilizado específicamente para tratar el TOC.
- Los costes indirectos se refieren a las pérdidas económicas debidas a la reducción de productividad y otros impactos sociales de la enfermedad. Aquí se incluyen el ausentismo laboral (días de trabajo o estudio perdidos porque la persona está demasiado afectada por sus síntomas), el presentismo (cuando acude a trabajar/estudiar pero rinde por debajo de su capacidad debido a los síntomas), la incapacidad laboral a largo plazo o jubilación anticipada por TOC, los costos asociados al cuidado informal (familiares que dejan de trabajar o reducen horas para atender al paciente), y en general la pérdida de ingresos y productividad tanto del afectado como de sus cuidadores. También podrían considerarse costos indirectos intangibles, como el valor monetario de la disminución en calidad de vida o el costo asociado a sufrimiento, aunque estos son difíciles de cuantificar.
Estudios recientes en distintos países han intentado cuantificar la carga económica del TOC. En el Reino Unido, por ejemplo, se realizó un análisis detallado del costo de la enfermedad del TOC para el sistema de salud nacional (NHS) y la sociedad. Los resultados muestran que el TOC implica un gasto sustancial: el coste anual directo al NHS británico se estimó en alrededor de £378 millones (Kochar et al., 2023). Sin embargo, cuando se incorporan los costes indirectos y sociales, la cifra se multiplica casi por diez: considerando la perspectiva societal total (es decir, sumando pérdidas de productividad, gastos de bolsillo de pacientes y familias, cuidados informales, etc.), el costo anual del TOC en el Reino Unido asciende a aproximadamente £3,1 mil millones (Kochar et al., 2023). En ese análisis, el ausentismo laboral emergió como el principal impulsor de los costes indirectos, reflejando que muchas personas con TOC faltan al trabajo o estudios debido a sus síntomas (Kochar et al., 2023). Otra forma de ver estos datos es el costo por paciente: en promedio cada persona con TOC le cuesta al sistema de salud unos £525 al año, pero el costo total por persona a la sociedad (incluyendo pérdida de productividad) se estima en ~£7.000 anuales (Sampson, 2024). Además, los costes por paciente varían drásticamente según la gravedad del TOC: en el estudio británico, por ejemplo, se calculó un coste medio anual de £174 para pacientes con TOC leve, alrededor de £365 para TOC moderado, y cerca de £902 para TOC severo (Kochar et al., 2023). Este gradiente refleja que los casos más severos utilizan más recursos sanitarios (más consultas, medicamentos a mayor dosis, eventualmente hospitalizaciones) y suelen ocasionar mayor pérdida de productividad. Se observó que el componente de coste sanitario más significativo fue la terapia cognitivo-conductual (especializada y de relativamente larga duración), mientras que a nivel societal el mayor peso económico provino de la productividad perdida por las ausencias laborales (Kochar et al., 2023) (Kochar et al., 2023). Es importante acotar que estos cálculos pueden subestimar la carga real, ya que si se consideran comorbilidades frecuentes (como depresión concurrente) los costes se disparan – por ejemplo, añadiendo el tratamiento de la depresión comórbida se duplicarían los costes directos estimados (Kochar et al., 2023).
En otros países, se han encontrado patrones similares de alto costo. En China, un estudio multicéntrico de 2021 calculó el costo del TOC a partir de datos de varios hospitales. El costo total anual por paciente se estimó en ¥24.503,78 RMB (aproximadamente US$ 3.465) (Yang et al., 2021), lo cual representa una carga importante dado el ingreso medio en ese país. A escala poblacional, el costo nacional anual del TOC en China se calculó en ¥37,74 mil millones de RMB (equivalente a unos US$ 5,34 mil millones) (Yang et al., 2021). En otras palabras, el TOC le costaría a China más de cinco mil millones de dólares al año en gastos de salud y pérdidas económicas, una cifra impactante que subraya su relevancia en salud pública. Las estimaciones incluyeron un amplio intervalo de incertidumbre, pero incluso en el mejor escenario posible los costos fueron de decenas de miles de millones de RMB (Yang et al., 2021). El estudio chino también señaló que peor funcionamiento social, mayor gravedad de síntomas psiquiátricos y puntuaciones más altas en la escala Y-BOCS se asociaban a mayores costos totales por paciente (Yang et al., 2021), concordando con la idea de que los casos más severos implican más gastos médicos y pérdidas productivas.
En resumen, el TOC conlleva altos costos sanitarios y sociales que son desproporcionados en relación con su prevalencia. Se estima que a nivel global esta enfermedad consume miles de millones de dólares anuales en atención y genera pérdidas económicas comparables o superiores. Este peso económico, sumado al deterioro en calidad de vida descrito, resalta la necesidad de invertir en intervenciones efectivas. Mejorar el acceso a tratamientos tempranos y efectivos para el TOC no solo aliviaría el sufrimiento de los pacientes, sino que podría resultar coste-efectivo a largo plazo – al reducir ausentismo, evitar cronificación y minimizar hospitalizaciones se ahorrarían recursos. Implementar estrategias de manejo adecuadas (como la terapia cognitivo-conductual especializada y el uso optimizado de farmacoterapia) y de prevención de recaídas, idealmente integradas en los sistemas de salud, ayudaría a restaurar la funcionalidad de los pacientes, incrementar su productividad y, en consecuencia, disminuir la carga económica atribuible al TOC en la sociedad (Kochar et al., 2023).
Barreras de acceso al diagnóstico y tratamiento
A pesar de la disponibilidad de tratamientos eficaces para el TOC (tanto psicoterapéuticos como farmacológicos), en la práctica existe una gran brecha entre la necesidad y la provisión de atención. En muchos países – incluyendo desarrollados y en desarrollo – una proporción significativa de personas con TOC no recibe diagnóstico ni tratamiento oportuno. Se estima que a nivel mundial la brecha de tratamiento (porcentaje de casos que no reciben atención adecuada) supera el 60% (Stein et al., 2025), pudiendo ser aún mayor en ciertos contextos. Esta dificultad para acceder al diagnóstico y posterior tratamiento del TOC obedece a múltiples barreras que operan en diferentes niveles: económicas, socioculturales, del sistema sanitario y geográficas. A continuación, se describen estos obstáculos:
Barreras económicas
El factor económico es una barrera importante, especialmente en sistemas de salud donde la cobertura de salud mental es limitada o inexistente. El costo directo de las consultas especializadas y de la farmacoterapia (p. ej., los ISRS u otros medicamentos) puede ser prohibitivamente alto para pacientes sin seguros médicos amplios o en países donde la salud mental no está incorporada a la seguridad social.
Los datos del programa World Mental Health en 21 países muestran que más de la mitad de las personas con trastornos de ansiedad —incluido el TOC— permanecen sin tratamiento, y los costos directos figuran entre los motivos más frecuentes para no buscar ayuda (Alonso et al., 2018). De modo similar, en un estudio europeo se observó que la tasa de pacientes sin tratamiento superaba el 50% en poblaciones sin algún tipo de subsidio estatal para la salud mental (Bey et al., 2025). Esto evidencia que, sin apoyo financiero, más de la mitad de quienes sufren TOC podrían quedarse sin ayuda profesional.
Incluso en sistemas públicos, a veces los tratamientos de primera línea (como la terapia cognitivo-conductual intensiva) no están disponibles o requieren pagarse en el sector privado, lo que restringe su uso. Además, cuando el TOC provoca incapacidad para trabajar, los propios pacientes pueden caer en dificultades económicas que empeoran el acceso a cuidados (una espiral negativa donde el TOC empobrece al paciente y ello a su vez dificulta el tratamiento).
Abordar esta barrera requiere políticas de financiamiento que integren la salud mental en los seguros y programas de atención pública. Algunas posibles soluciones incluyen:
- Incorporar el TOC y otros trastornos mentales graves en las garantías explícitas de los sistemas de salud, asegurando cobertura equiparable a otras enfermedades crónicas.
- Proveer medicamentos esenciales de manera gratuita o subsidiada.
- Aumentar la inversión en recursos humanos de salud mental para reducir costos unitarios y mejorar la disponibilidad de tratamientos de primera línea.
Sin eliminar el obstáculo económico, gran parte de la población con TOC —especialmente de nivel socioeconómico bajo— continuará sin tratamiento a pesar de necesitarlo.
Barreras socioculturales y estigma
El estigma asociado a los trastornos mentales es otro impedimento crítico para buscar ayuda en TOC. Muchas personas con síntomas obsesivo-compulsivos tardan años en acudir a un profesional por miedo a ser etiquetadas como “enfermas mentales” o por vergüenza acerca de sus pensamientos y conductas. El TOC en particular suele involucrar obsesiones que el propio paciente considera absurdas o socialmente inaceptables (p. ej., pensamientos blasfemos, sexuales intrusivos, temor a hacer daño a otros), lo cual alimenta la autoestigmatización: el individuo puede sentir culpa o temor de revelar sus síntomas por lo que otros pensarán. Estudios han demostrado que el estigma tiene un efecto negativo pequeño a moderado pero significativo sobre la búsqueda de ayuda en salud mental (Clement et al., 2015).
En la práctica, esto se traduce en demoras considerables: distintas investigaciones señalan que desde el inicio de los síntomas de TOC hasta el primer contacto terapéutico transcurren en promedio varios años. Un estudio reciente en Alemania encontró un retraso medio de 5 a 6 años tanto para que los pacientes con TOC sean reconocidos/diagnosticados como para que inicien un tratamiento psicoterapéutico especializado (Bey et al., 2025). En otras poblaciones se ha reportado incluso una demora promedio de ~7 años (Bey et al., 2025). Durante este tiempo, el trastorno suele consolidarse y agravarse, haciendo más difícil su eventual abordaje.
Las razones de la tardanza incluyen:
- Desconocimiento – muchas personas (y sus familias) no saben que lo que les ocurre es un trastorno tratable, a veces piensan que “son así” o que deben resolverlo solos.
- Minimización o normalización de síntomas – en ciertos entornos culturales, los rituales pueden interpretarse erróneamente como manías de la personalidad o hasta prácticas religiosas, retrasando la búsqueda de ayuda profesional.
- Miedo al estigma – temor a ser discriminado, a que en el trabajo o comunidad se enteren, etc.
- Vergüenza personal – por ejemplo, alguien con obsesiones agresivas puede temer ser considerado peligroso si las confiesa, o alguien con compulsiones embarazosas (como acumulación de basura) puede ocultarlas por pudor.
Los informes internacionales coinciden en que la baja literacia en salud mental sigue limitando el acceso oportuno: menos de la mitad de los países cuentan con campañas sostenidas contra el estigma o programas educativos sobre trastornos como el TOC (World Health Organization, 2021). Creencias erróneas e información insuficiente desalientan la búsqueda de tratamiento.
Para superar estas barreras socioculturales, se requieren campañas de educación y concientización que expliquen qué es realmente el TOC, que es un trastorno médico como cualquier otro y que tiene tratamiento efectivo. También son valiosas las intervenciones anti-estigma – por ejemplo, testimonios de figuras públicas o pacientes recuperados, programas escolares que enseñen sobre salud mental, y esfuerzos por integrar la atención de TOC en la atención primaria donde se reduce la noción de “ir al psiquiatra”. Estudios muestran que mejorar la literacia en salud mental sobre TOC puede aumentar la proporción de personas que buscan ayuda tempranamente y acortar la duración de la enfermedad sin tratar (Bey et al., 2025).
Asimismo, la formación de grupos de apoyo y comunidades en torno al TOC (p. ej., fundaciones, asociaciones de pacientes) ayuda a combatir el aislamiento y la vergüenza, al normalizar el hablar del tema y brindar contención social.
Barreras del sistema de salud
Aun cuando el paciente está dispuesto a buscar ayuda, puede enfrentarse a obstáculos dentro del propio sistema de salud. Un problema frecuente es la escasez de profesionales especializados: no todos los sistemas cuentan con suficientes psiquiatras o psicólogos clínicos entrenados en el tratamiento específico del TOC (en particular, entrenados en terapia cognitivo-conductual con exposición y prevención de respuesta (EPR), la técnica de elección). En muchos países hay una distribución muy desigual de estos especialistas, concentrados en grandes ciudades. Esto provoca largas listas de espera para recibir terapia o consulta psiquiátrica.
Las guías del Reino Unido NICE recomiendan idealmente no más de 18 semanas desde la derivación hasta el inicio del tratamiento para TOC (dado que esperas mayores pueden empeorar el pronóstico), pero en sistemas de salud saturados este plazo puede duplicarse o más (National Institute for Health and Care Excellence, 2018). Por ejemplo, en servicios públicos sobrecargados es común que pacientes aguarden 6 meses a 1 año por un turno con especialista. En ese ínterin, los síntomas pueden cronificarse o la persona puede desmotivarse y abandonar la búsqueda de ayuda.
Otro escollo es que no todos los profesionales reconocen o manejan bien el TOC: en atención primaria, médicos generales pueden pasar por alto síntomas obsesivo-compulsivos o confundirlos con otros trastornos (ansiedad generalizada, trastorno de personalidad, etc.), retrasando el diagnóstico correcto. Incluso entre clínicos, existe cierta resistencia o falta de experiencia para aplicar la terapia de exposición con prevención de respuesta debido a lo demandante que es (tanto para terapeuta como para paciente). Un estudio en Alemania encontró que solo 20% de los pacientes con TOC que acudían por primera vez a un servicio especializado habían recibido el tratamiento estándar (TCC con EPR más un ISRS) en su punto de atención anterior (Bey et al., 2025) – es decir, la mayoría pasó por terapeutas o médicos que no implementaron el protocolo óptimo, ya sea por desconocimiento o por poca disponibilidad. Este dato evidencia fallas en la capacitación y derivación dentro del sistema: muchos pacientes rebotan entre profesionales sin recibir intervenciones específicas para TOC.
Además, en sistemas públicos, a veces la duración autorizada de las terapias es insuficiente (por políticas administrativas) para un TOC severo, o hay límites en la disponibilidad de ciertas modalidades (por ejemplo, hospital de día o terapia intensiva para TOC resistente, que en algunos lugares no existen). La distribución desigual de infraestructura sanitaria agrava estas dificultades: puede haber regiones enteras sin ninguna clínica especializada en TOC. Por último, las coberturas de seguro a veces no incluyen tratamientos integrales – por ejemplo, la medicación puede estar cubierta pero la psicoterapia no, o viceversa – llevando a tratamientos parciales. En conjunto, estas barreras del sistema resultan en que muchos pacientes no reciban tratamiento adecuado o lo reciban tardíamente.
Para combatirlas, se proponen estrategias como:
- Capacitar a profesionales de atención primaria en la detección y manejo inicial del TOC (herramientas básicas de EPR, ajuste de medicación).
- Establecer rutas claras de derivación a especialistas.
- Aumentar el número de psicoterapeutas capacitados (p. ej., mediante diplomados o entrenamientos estandarizados en TCC-EPR).
- Implementar el modelo de atención escalonada (stepped care), donde casos leves se tratan en primer nivel y solo los resistentes escalan a segundo nivel, optimizando recursos.
- Cumplir estándares de tiempos de espera y, de ser necesario, recurrir a soluciones como la telemedicina para ampliar el alcance de los expertos (útil en países con geografía extensa o población dispersa).
Barreras geográficas y de disponibilidad
La ubicación geográfica puede convertirse en destino cuando se trata de acceso a cuidados para TOC. En zonas rurales o alejadas de centros urbanos, suele haber muy poca oferta de servicios de salud mental. Esto genera profundas desigualdades territoriales: los pacientes que viven en provincias apartadas deben viajar largas distancias para obtener tratamiento especializado o, en muchos casos, simplemente no disponen de ninguno. De acuerdo con la OMS (Atlas de Salud Mental 2020), aproximadamente 25% de los países de bajos ingresos no cuenta con ningún servicio de tratamiento para TOC (u otros trastornos mentales) fuera de las áreas urbanas (World Health Organization, 2021). Es decir, en un cuarto de los países más pobres, si una persona en un pueblo o campo desarrolla TOC, prácticamente no tiene dónde acudir localmente – la única opción sería desplazarse a una ciudad principal, algo muchas veces inviable. Esta brecha geográfica no solo afecta a países pobres; también dentro de naciones desarrolladas existen brechas urbano-rurales marcadas. Estudios en Europa han mostrado diferencias regionales de cobertura de hasta el 70%: ciertas regiones cuentan con recursos suficientes y tratan a la mayoría de los pacientes, mientras en otras hasta 2 de cada 3 personas con TOC quedan sin una atención adecuada (Bey et al., 2025). Por ejemplo, en países escandinavos con buena atención comunitaria la brecha se estima en ~30–40%, pero en países del este de Europa o zonas rurales de Norteamérica puede alcanzar 70–80%. Asimismo, en contextos humanitarios o zonas de conflicto, la salud mental suele ser relegada, dejando a grupos enteros sin acceso. La conectividad es otro aspecto: aunque la telepsiquiatría y teleterapia han emergido como soluciones promisorias (especialmente tras la pandemia de COVID-19), en áreas con pobre acceso a internet o tecnología, las opciones de tratamiento remoto son limitadas. Para abordar estas barreras geográficas, los sistemas de salud deben descentralizar y acercar los servicios: esto incluye formar personal local (por ejemplo, entrenar a médicos generales o trabajadores comunitarios en la atención básica del TOC), establecer clínicas móviles o rotatorias que visiten zonas rurales periódicamente, y expandir infraestructuras de telesalud (garantizando acceso a internet y dispositivos). Organizaciones internacionales recomiendan integrar la salud mental en la atención primaria rural para al menos proveer detección y derivación. Otra iniciativa es crear redes de referencia que subsidien el transporte o alojamiento de pacientes rurales que requieren tratamiento especializado en capitales regionales. Sin medidas así, el lugar de residencia seguirá determinando las posibilidades de recuperación: un paciente con TOC en una gran urbe podría tener terapia semanal y seguimiento, mientras otro en un poblado remoto con la misma gravedad de síntomas puede no recibir ninguna ayuda profesional.
Superar estas barreras multidimensionales requiere políticas integrales e intersectoriales. Se necesita inversión económica (por ejemplo, subsidios que cubran los tratamientos de TOC como parte de planes de salud mental), pero también campañas sostenidas de educación pública para reducir el estigma y aumentar la detección temprana. Es crucial fortalecer los sistemas de salud dotándolos de más profesionales capacitados y mejor distribución de los mismos, así como aprovechar la tecnología (programas de e-Salud/telemedicina) para ampliar la cobertura a zonas aisladas. Experiencias exitosas en algunos países señalan que implementar programas comunitarios de salud mental, junto con esfuerzos de sensibilización, logra disminuir la brecha de atención. En última instancia, solo removiendo los obstáculos – costos, estigma, escasez de recursos y distancia – se podrá acercar el tratamiento efectivo a todas las personas con TOC, independientemente de su condición socioeconómica o lugar de residencia. Reducir la enorme brecha diagnóstico-tratamiento no solo mejorará el pronóstico individual de miles de pacientes (evitando años de sufrimiento innecesario), sino que también aliviará la carga global de la enfermedad, disminuyendo los costos sociales asociados a un TOC no tratado y permitiendo que quienes lo padecen lleven vidas más plenas y productivas.
