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Etiología

Modelos neurobiológicos

La investigación de las últimas décadas ha consolidado la visión de que el TOC tiene una base neurobiológica importante, en la que determinados circuitos cerebrales desempeñan un papel central (Pena-Garijo et al., 2010). En esta sección se revisan los principales modelos neurobiológicos propuestos para explicar el TOC, incluyendo las alteraciones en circuitos cortico-subcorticales clásicos, hallazgos de neuroimagen estructural y funcional, la implicación de redes neuronales más amplias, y mecanismos específicos como la monitorización de errores. Estos modelos integran evidencia de estudios en neuroimagen, hallazgos neuropatológicos y resultados de intervenciones neurológicas, proporcionando un marco para entender cómo disfunciones cerebrales específicas podrían generar las obsesiones y compulsiones características del TOC.

Circuito córtico-estriado-talámico-cortical (CETC) y modelo clásico

El modelo neurobiológico clásico del TOC se organiza alrededor de circuitos paralelos que enlazan regiones frontales y cinguladas con el estriado, el tálamo y nuevamente la corteza. El nombre córtico-estriado-talámico-cortical (CETC) resume ese recorrido. Se trata de un marco funcional para investigar selección de acciones, valoración, control y aprendizaje, no de un conducto único por el que “circulen” literalmente las obsesiones (Pauls et al., 2014).

Parte del respaldo inicial provino de estudios con tomografía por emisión de positrones. En una investigación de 1987, 14 personas con TOC mostraron, en promedio, mayor metabolismo de glucosa en el giro orbitario izquierdo y en ambos núcleos caudados que 14 controles sin diagnóstico y 14 participantes con depresión unipolar (Baxter et al., 1987). El tamaño muestral y la tecnología de la época impiden convertir ese resultado en una firma cerebral individual; su relevancia histórica reside en haber orientado estudios posteriores hacia sistemas orbitofrontales y estriatales.

La investigación de conectividad amplió la pregunta desde regiones aisladas hacia relaciones entre nodos. En un estudio transversal de resonancia funcional en reposo con 21 personas con TOC y 21 controles, el grupo clínico presentó mayor conectividad en un eje corticostriatal ventral y menor conectividad en otros enlaces dorsales; dentro de esa muestra, una conexión ventral se asoció con la gravedad de síntomas (Harrison et al., 2009). Esta asociación apoya el estudio de circuitos, pero no demuestra que la conectividad origine el trastorno ni permite diagnosticar a una persona.

Disfunción de vías directa e indirecta

Los ganglios basales contienen rutas con efectos netos diferentes sobre la salida talámica. En el esquema clásico, la vía directa facilita la selección de una acción y la indirecta contribuye a suprimir alternativas. A partir de ese esquema se propuso que un predominio relativo de facilitación podría dificultar el cierre de pensamientos o acciones repetitivas. Es una hipótesis simplificada: cada ruta contiene varias conexiones, existen circuitos parcialmente paralelos y la neuroimagen humana no mide de forma directa el balance sináptico de esas vías (Narayanaswamy et al., 2019).

Por eso, expresiones como “filtro defectuoso” o “bucle atascado” deben entenderse como metáforas pedagógicas. Pueden representar la persistencia de una señal de error o de una respuesta, pero no explican por sí solas el contenido de una obsesión, la diversidad de compulsiones ni las diferencias entre personas. Los modelos actuales incorporan aprendizaje, control cognitivo, saliencia, emoción y redes distribuidas, manteniendo al CETC como una pieza relevante y no como un mecanismo exclusivo (Stein et al., 2019).

Evidencia de neurocirugía y neuromodulación

Procedimientos ablativos y estimulación cerebral profunda se reservan para una minoría de casos graves, persistentes y resistentes a tratamientos adecuados. Sus dianas se sitúan en regiones o haces vinculados con circuitos frontoestriatales, y algunas personas seleccionadas experimentan reducciones clínicamente relevantes de síntomas (Garnaat & Greenberg, 2014). La evaluación requiere equipos especializados porque también existen riesgos quirúrgicos, efectos adversos, falta de respuesta y variabilidad según la diana y la selección clínica.

Que una intervención sobre la red modifique síntomas aporta evidencia funcional, pero no confirma un “motor” único del TOC. La estimulación afecta fibras y redes distribuidas, y la mejoría puede involucrar varios procesos. Estos resultados ayudan a refinar modelos y tratamientos para casos excepcionales; no convierten una imagen cerebral en indicación quirúrgica ni justifican trasladar la neuromodulación invasiva a la atención habitual (McGovern & Sheth, 2017).

Hallazgos neuroanatómicos estructurales en TOC

Diversos estudios de neuroimagen estructural (principalmente resonancia magnética MRI y morfometría basada en vóxel) han identificado alteraciones sutiles en la morfología cerebral de pacientes con TOC, aportando evidencia anatómica para los modelos neurobiológicos. Metaanálisis cuantitativos han demostrado un aumento del volumen de sustancia gris en los ganglios basales (núcleo caudado y putamen) junto a reducciones en la corteza prefrontal medial y el cíngulo anterior(Radua et al., 2010). En particular, el TOC se diferencia de otros trastornos de ansiedad por presentar incrementos volumétricos en putamen y caudado, mientras que los comparadores suelen mostrar reducciones en esas áreas (Radua et al., 2010). Estas variaciones sugieren una hipertrofia relativa de las regiones subcorticales vinculadas al hábito, acompañada de cierta atrofia en áreas corticales responsables del control inhibitorio.

En consonancia, algunos trabajos han descrito que el tálamo de las personas con TOC presenta volúmenes ligeramente menores, mientras que los ganglios basales (caudado, putamen y, en ocasiones, globo pálido) muestran valores aumentados (Campuzano-Cortina et al., 2024). Asimismo, se han observado reducciones de materia gris en regiones frontales dorsomediales encargadas de la autorregulación y la monitorización de conflictos, hallazgo que concuerda con la disfunción funcional descrita en el modelo CETC (Radua et al., 2010). Parte de estas diferencias estructurales se ha identificado también en familiares de primer grado sin sintomatología clínica, lo que apunta a posibles endofenotipos neuroanatómicos de vulnerabilidad (Campuzano-Cortina et al., 2024).

En cuanto a la sustancia blanca, técnicas como la resonancia de tensor de difusión (DTI) han evidenciado reducciones en la integridad de tractos que conectan la corteza frontal con regiones subcorticales y límbicas. Metaanálisis de estudios DTI muestran alteraciones consistentes en tractos fronto-subcorticales mediales, incluyendo el cíngulo anterior y la cápsula interna anterior, indicando una comunicación anómala entre corteza prefrontal/cingular y estriado-tálamo (Narayanaswamy et al., 2019)(McGovern & Sheth, 2017). En especial, la cápsula interna anterior – vía que conecta la corteza orbitofrontal y el cíngulo con el tálamo y el núcleo accumbens – aparece como un nodo crítico: su integridad se relaciona con la severidad de síntomas y constituye una diana para procedimientos de neuromodulación, reforzando la relevancia estructural del circuito.

Hallazgos de neuroimagen funcional y actividad cerebral en TOC

La neuroimagen funcional permite comparar metabolismo, flujo sanguíneo o señal dependiente del oxígeno entre grupos y condiciones. Uno de los primeros estudios con tomografía por emisión de positrones examinó a 14 personas con TOC, 14 controles sin diagnóstico y 14 participantes con depresión unipolar. El grupo con TOC presentó mayor metabolismo de glucosa en el giro orbitario izquierdo y ambos núcleos caudados (Baxter et al., 1987). Fue un resultado influyente, pero pequeño y grupal: no significa que esas regiones estén siempre “encendidas” ni que una exploración individual pueda confirmar el diagnóstico.

Los paradigmas de provocación de síntomas comparan la señal mientras se presentan estímulos personalizados o categorías relacionadas con las preocupaciones de los participantes. Un metaanálisis de estudios con PET y fMRI encontró convergencia en regiones de bucles orbitofrontales y cingulados anteriores, además de una red frontoparietal dorsal y el giro temporal superior izquierdos (Rotge et al., 2008). La activación puede reflejar amenaza, atención, resistencia, regulación o varias operaciones simultáneas; la inferencia inversa desde una región hacia un proceso psicológico específico debe hacerse con cautela.

Los diseños en reposo examinan correlaciones temporales entre señales de distintas regiones. En una muestra de 21 personas con TOC y 21 controles, se observaron diferencias de conectividad en sistemas corticostriatales ventrales y dorsales; dentro del grupo clínico, una conexión ventral se relacionó con la gravedad medida en esa muestra (Harrison et al., 2009). Otros trabajos han descrito hallazgos en redes de saliencia, control, modo por defecto, regiones límbicas, parietales y cerebelosas, aunque la dirección y localización no son uniformes entre estudios (Narayanaswamy et al., 2019).

La imagen funcional también se ha utilizado para estudiar cambios asociados al tratamiento. En un estudio temprano de 18 pacientes, el metabolismo relativo del caudado derecho disminuyó entre quienes respondieron a fluoxetina o terapia conductual, y el cambio se relacionó con la mejoría de síntomas en algunos análisis (Baxter et al., 1992). El hallazgo muestra que una medida cerebral puede variar junto con el estado clínico; por su muestra pequeña, selección de respondedores y ausencia de asignación diseñada para validar un marcador, no convierte la imagen en un predictor clínico individual ni demuestra una “normalización” universal.

En conjunto, la evidencia respalda investigar el TOC como una alteración de circuitos y redes, pero no ofrece una firma única. Medicación, edad, comorbilidad, duración del trastorno, tarea, movimiento y método de análisis pueden influir en los resultados. En la atención habitual, la neuroimagen se utiliza para indicaciones neurológicas o médicas independientes, no para confirmar TOC, graduar su gravedad ni elegir por sí sola una psicoterapia o un fármaco (Stein et al., 2019).

Implicación de redes neuronales extendidas: corteza parietal, límbica y cerebelo

Como se mencionó, evidencia acumulada indica que el TOC no se limita exclusivamente al circuito fronto-estriatal tradicional, sino que involucra redes neuronales extendidas. Investigaciones de las últimas dos décadas han expandido el modelo inicial para incluir regiones como la corteza parietal, áreas límbicas (p. ej., la amígdala y el hipocampo) e incluso el cerebelo, integrándolas en la comprensión del trastorno (Narayanaswamy et al., 2019).

La corteza parietal – en particular regiones parietales posteriores – ha aparecido implicada en algunos estudios de TOC, posiblemente relacionada con funciones visuo-espaciales y de atención. Pacientes con TOC a veces presentan dificultades en tareas que requieren cambiar el foco atencional o integrar información visual compleja, y estas funciones están asociadas a circuitos que incluyen el lóbulo parietal. De hecho, algunas exploraciones con fMRI han mostrado hiperactivación del lóbulo parietal inferior durante la exposición a estímulos desencadenantes de obsesiones, sugiriendo que los pacientes podrían estar utilizando (o sobrecargando) recursos atencionales y visuoespaciales en sus rituales o evaluaciones de seguridad. Otra hipótesis es que el parietal pudiera compensar en parte las disfunciones frontales, contribuyendo a la sensación de “incompletitud” sensorial (por ejemplo, la percepción de que algo no está colocado simétricamente, común en obsesiones de orden, podría relacionarse con procesamiento parietal aberrante).

En cuanto al sistema límbico, la amígdala – núcleo clave en la generación de respuestas de miedo y emoción – y el hipocampo – esencial en la memoria contextual – han sido examinados en el TOC. Aunque clásicamente el TOC se distingue de los trastornos de miedo (como las fobias) por la naturaleza más intelectualizada o simbólica de las obsesiones, la ansiedad intensa que acompaña a las obsesiones sugiere la participación amigdalar. Algunos estudios de resonancia han identificado hiperreactividad de la amígdala cuando los pacientes con TOC enfrentan estímulos relacionados con sus temores obsesivos, lo que puede reflejar una respuesta de miedo condicionada exacerbada. No obstante, los hallazgos sobre la amígdala son variables – en parte porque puede activarse transitoriamente durante picos de ansiedad pero no de forma tónica en reposo como sí ocurre con la OFC o el caudado. El hipocampo, por su lado, podría estar implicado en ciertas obsesiones con contenido de memoria o duda (por ejemplo, obsesiones de “¿apagué la estufa?” implican memoria episódica). Hay investigaciones estructurales que han encontrado pequeñas reducciones de volumen hipocampal en TOC, aunque no tan pronunciadas ni consistentes como en trastornos de estrés postraumático. En suma, el sistema límbico probablemente interactúa con el circuito fronto-estriatal aportando la carga afectiva (ansiedad, culpa, asco) a las obsesiones, y modulando la formación de recuerdos asociados a alivio temporal tras rituales (reforzamiento negativo de las compulsiones).

Otro protagonista inesperado que ha emergido en la neurobiología del TOC es el cerebelo. Tradicionalmente relegado a funciones motoras, hoy se sabe que el cerebelo tiene conexiones recíprocas con la corteza prefrontal y participa en la automatización de acciones, la temporalización y posiblemente en aspectos cognitivos/emocionales. Estudios recientes han hallado activación cerebelosa inusual en pacientes con TOC durante tareas que implican aprendizaje de hábitos o regulación emocional (Narayanaswamy et al., 2019). Además, análisis de conectividad funcional sugieren que el cerebelo podría estar acoplado de manera diferente con la corteza frontal en TOC, quizá intentando compensar la ineficiencia cortical en el control de los impulsos. Si bien el rol exacto del cerebelo en TOC aún no está claro, su implicación apunta a que la automatización de secuencias de acción repetitivas (un dominio típico cerebeloso) podría estar hiperreforzada en el TOC. Por ejemplo, rituales motores complejos (lavado, comprobaciones repetitivas) podrían reclutar circuitos cerebelares de automatización una vez que se han repetido cientos de veces, consolidando así el hábito compulsivo.

En conjunto, la consideración de estas redes extendidas – parietales, límbicas, cerebelosas – sugiere que el TOC debe concebirse como un trastorno neuroconductual sistémico, donde la disfunción primaria (posiblemente en el circuito orbitofrontal-estriatal) causa cascadas de adaptación o desregulación en otros circuitos cerebrales. Esta perspectiva integradora está en línea con modelos biopsicosociales complejos, pero desde el ángulo neurobiológico resalta que una intervención eficaz podría requerir impactar en múltiples nodos de red. Por ejemplo, terapias que reduzcan la hiperactivación límbica (disminuyendo la ansiedad), combinadas con técnicas que mejoren el control frontal (incrementando la inhibición de respuestas) e incluso ejercicios que involucren coordinación visuo-motora, podrían todas sumar efectos al normalizar el funcionamiento global del cerebro en TOC. La neurociencia actual continúa investigando cómo estas piezas encajan, pero reconocer la multiplicidad de áreas implicadas ayuda a explicar por qué el TOC presenta manifestaciones tan complejas y por qué su tratamiento puede requerir abordajes multimodales.

Monitorización de errores y la señal de “incompletitud”

Un aspecto neurocognitivo crucial en el TOC es la exagerada sensación de error o incompletitud que experimentan los pacientes, incluso frente a situaciones objetivamente seguras o finalizadas. Desde el punto de vista neurobiológico, se ha vinculado este fenómeno a una hiperactividad del sistema de monitorización de errores en el cerebro, principalmente asociado a la corteza cingulada anterior dorsal (dACC) y circuitos frontales medios. La dACC es conocida por generar la señal de “¡algo anda mal!” cuando ocurre un error o un conflicto en nuestras acciones o decisiones; en personas sin TOC, esta señal ayuda a corregir errores y ajustar el comportamiento. En el TOC, sin embargo, numerosos estudios han encontrado que dicha señal de error está amplificada de forma anormal, incluso en contextos donde no hay un error real.

Una evidencia clara proviene de estudios electrofisiológicos que miden el potencial relacionado con errores, conocido como negatividad asociada al error (ERN, por sus siglas en inglés). El ERN es una onda negativa en el EEG que aparece milisegundos después de que un sujeto comete un error en una tarea cognitiva (por ejemplo, en el test de Flanker). Se ha observado consistentemente que individuos con TOC muestran ERN de mayor amplitud que los controles, lo cual indica una respuesta exagerada del cerebro ante equivocaciones menores (McGovern & Sheth, 2017). Metaanálisis han confirmado que esta hiper-respuesta está presente tanto en adultos como en niños/adolescentes con TOC, sugiriendo que podría servir como un marcador neurobiológico del trastorno (McGovern & Sheth, 2017). Dicho de otro modo, el cerebro del paciente con TOC “grita” error con mayor intensidad, lo que podría corresponder subjetivamente a esa sensación de que “algo no está bien” o “falta completar algo” aun cuando todo parezca estar en orden.

La fuente cortical del ERN se localiza en el cíngulo anterior dorsal, precisamente una región que los estudios de imagen han mostrado hiperactiva en TOC (McGovern & Sheth, 2017). Esta convergencia sugiere que la dACC genera repetidamente señales de alarma o insatisfacción que el paciente interpreta como necesidad de corregir o prevenir algún error (por ejemplo, verificar nuevamente la cerradura porque el cerebro no “acepta” la primera verificación como correcta). Además, la dACC está fuertemente conectada con la ínsula anterior (parte de la red de saliencia) y con regiones prefrontales dorsolaterales encargadas de control cognitivo. Una dACC hiperactiva podría, por tanto, perturbar el equilibrio entre focalizarse en un objetivo y la distracción por potenciales errores. En tareas experimentales, los pacientes con TOC suelen mostrar hipervigilancia al conflicto y sobrecorrección de sus respuestas, coherente con un sistema de monitorización sobrecargado.

La neuroimagen funcional aporta más evidencia: estudios fMRI han encontrado que, durante tareas de control cognitivo (como el Stroop o tareas Go/No-Go), los pacientes con TOC presentan una activación excesiva del cíngulo anterior comparado con controles, aun cuando su desempeño en la tarea sea similar. Esto sugiere que necesitan reclutar más esta región para lograr el mismo nivel de rendimiento, posiblemente por esa sobre-señalización de que podrían equivocarse. Incluso en reposo, como se mencionó, el cíngulo anterior dorsal suele estar entre las regiones con metabolismo elevado en TOC (Narayanaswamy et al., 2019). Todo ello apoya la noción de que una especie de “falsa alarma de error” está continuamente presente en el TOC. Este mecanismo neurobiológico explicaría muchos síntomas: las compulsiones serían intentos de calmar o neutralizar esa señal interna de que algo anda mal; la duda patológica (p. ej., “¿y si lo hice mal?” repetida una y otra vez) derivaría de no poder apagar la señal de error; la intolerancia a la incertidumbre encajaría con un umbral de activación de error muy bajo, donde cualquier ambigüedad desencadena malestar.

Es interesante notar que tratamientos efectivos parecen reducir la hiperactivación de la dACC y normalizar el ERN. Estudios han mostrado que pacientes con TOC que mejoran con terapia de exposición presentan una disminución en la activación del cíngulo anterior dorsal post-tratamiento, correlacionada con menores puntuaciones de síntomas (McGovern & Sheth, 2017). Análogamente, el ERN tiende a atenuarse tras intervenciones exitosas, aunque no desaparecer por completo. Esto sugiere que la monitorización de errores sigue siendo un objetivo importante: por ejemplo, técnicas de biofeedback o entrenamiento metacognitivo podrían enfocarse en enseñar al paciente a reinterpretar o tolerar mejor esas señales de “error” internas sin reaccionar compulsivamente a ellas.

Hacia un modelo neurobiológico integrador

Un modelo neurobiológico integrador del TOC debe explicar dos hechos a la vez: existen hallazgos reproducidos que implican determinados circuitos, pero también hay una marcada heterogeneidad entre síntomas, etapas del desarrollo y personas. Por ello, la integración funciona mejor como un marco de hipótesis contrastables que como una cadena causal ya demostrada. La evidencia genética, cognitiva y de neuroimagen es compatible con múltiples factores de susceptibilidad y mantenimiento; no identifica una lesión única ni un mecanismo suficiente para producir por sí solo el trastorno (Pauls et al., 2014)(Stein et al., 2019).

El circuito CETC continúa siendo un punto de partida influyente. Estudios estructurales y funcionales han encontrado diferencias promedio en regiones orbitofrontales, cinguladas, estriatales y talámicas, así como en su conectividad. Sin embargo, describir el circuito como “hiperactivo” simplifica resultados que varían según la región, la tarea, el estado clínico y el método de análisis. Tampoco puede afirmarse que una señal registrada en ese circuito genere directamente una obsesión o una compulsión (Narayanaswamy et al., 2019).

Los modelos contemporáneos amplían ese circuito e investigan sistemas parcialmente superpuestos:

  • monitorización de error y conflicto, con participación propuesta del cíngulo anterior dorsal; la convergencia de estudios cognitivos y de neuromodulación lo convierte en un nodo candidato, no en un “detector defectuoso” demostrado para cada paciente (McGovern & Sheth, 2017);
  • valoración, selección de acciones y aprendizaje de hábitos, que conectan sectores prefrontales y estriatales y pueden contribuir a la persistencia de respuestas aun cuando sus resultados hayan perdido valor;
  • amenaza, saliencia y procesamiento afectivo, con aportes variables de la ínsula, la amígdala y regiones mediales, relevantes para dimensiones como miedo, asco o sensación de relevancia;
  • y redes de control y autorreferencia de gran escala, cuyas interacciones podrían ayudar a entender dificultades para cambiar de foco, actualizar una predicción o interrumpir una secuencia repetitiva (Narayanaswamy et al., 2019).

La heterogeneidad clínica no obliga a postular un circuito completamente distinto para cada tema obsesivo. Un estudio estructural en 55 personas con TOC sin medicación y 50 controles encontró correlatos comunes y parcialmente distintos entre dimensiones sintomáticas (van den Heuvel et al., 2009). Es un resultado importante para formular hipótesis, pero su diseño transversal y sus asociaciones a nivel grupal no permiten asignar a una persona un “subtipo cerebral”, inferir el contenido de sus obsesiones a partir de una imagen ni establecer qué diferencia fue causa o consecuencia de los síntomas.

La interpretación también debe considerar límites metodológicos: tamaños muestrales, diferencias de edad y duración del trastorno, comorbilidad, exposición a tratamientos, tareas experimentales, movimiento durante la adquisición y decisiones de preprocesamiento. Además, una diferencia promedio puede solaparse ampliamente con la variación de la población sin TOC. En la práctica clínica, no existe un biomarcador de neuroimagen validado para diagnosticar el TOC, medir su insight, decidir un tratamiento rutinario o pronosticar con precisión la evolución individual (Stein et al., 2019).

Una integración biopsicosocial prudente propone que variantes genéticas de efecto pequeño, desarrollo cerebral, experiencias ambientales y procesos de aprendizaje pueden interactuar a lo largo del tiempo. Las compulsiones podrían mantener algunos síntomas mediante alivio o evitación, mientras que otros casos pueden estar más influidos por incompletitud, asco, reglas internas o fenómenos sensoriales. Hablar de interacción evita dos reduccionismos: atribuir el TOC exclusivamente al aprendizaje y afirmar que un cerebro vulnerable determina inevitablemente su aparición (Pauls et al., 2014).

El valor translacional de estos modelos reside en orientar preguntas y ensayos: qué nodos modulan determinadas tareas, qué cambios acompañan la mejoría y qué intervenciones pueden ser seguras para grupos clínicos bien definidos. Los resultados de neuromodulación en casos graves y resistentes apoyan la relevancia funcional de ciertos circuitos, pero no localizan un origen único del TOC ni autorizan extrapolar esos procedimientos a la atención habitual (McGovern & Sheth, 2017).

En síntesis, el modelo integrador más riguroso no es un mapa cerrado, sino una arquitectura provisional: circuitos CETC, redes distribuidas, aprendizaje, desarrollo y contexto interactúan con pesos distintos. Su calidad científica depende de conservar la incertidumbre, distinguir asociaciones grupales de predicciones individuales y revisar el marco a medida que estudios más grandes, longitudinales y reproducibles aporten evidencia.

Referencias

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